Yo soy SARA
Xiaranai Johanson
Capitulo 2: Luismi
Nada, seguía sin poder dormir. Se dio media vuelta en la cama, pero no había forma, no conseguía dormir. Cogió la almohada y la puso sobre la cara.
—Pufffffffff —soltó un bufido.
Esperó en silencio, pero nada. Morfeo seguía de fiesta. Volvió a colocar la almohada debajo de su cabeza. No se oía nada, ni el viento moviendo las ramas de la centenaria higuera que había junto a su ventana. Reinaba el más absoluto silencio; absoluta calma, fuera y dentro de la casa. Miró el reloj que estaba sobre la mesita de noche y comprobó que sólo habían pasado diez minutos desde la última vez que fijó sus ojos en él. Eran las dos y diez de la madrugada, y en la televisión a esa hora seguro que ya no había nada interesante.
—¡Diooooooos!, necesito dormir. Quiero dormir —se desespero Sara.
Buscó a oscuras la llave de la luz y la encendió. Des-plazó bruscamente hacia atrás el edredón y las mantas, las sabanas hacía rato que estaban en el suelo, y salió de la cama.
—¡Será posible que hoy tampoco consiga dormir nada! —dijo en voz alta— ¡Mierda, mierda y mierda!
Se puso el albornoz rojo de margaritas blancas que estaba a un lado de la cama, y se calzó las zapatillas acolchadas que hacían juego con el albornoz. Si la viera un toro no quedaría de ella ni la más mínima expresión. Mirase por dónde se mirase todo era de color rojo. Rojo el albornoz, rojas las zapatillas, rojo el pijama, rojo el esmalte de las uñas, y rojo hasta la cinta de pelo que se estaba poniendo. El rojo era el color favorito de Sara y se podía apreciar, sin ningún lugar a dudas, que realmente era así. Continúa...
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Xiaranai Johanson
Capitulo 2: Luismi
Nada, seguía sin poder dormir. Se dio media vuelta en la cama, pero no había forma, no conseguía dormir. Cogió la almohada y la puso sobre la cara.—Pufffffffff —soltó un bufido.
Esperó en silencio, pero nada. Morfeo seguía de fiesta. Volvió a colocar la almohada debajo de su cabeza. No se oía nada, ni el viento moviendo las ramas de la centenaria higuera que había junto a su ventana. Reinaba el más absoluto silencio; absoluta calma, fuera y dentro de la casa. Miró el reloj que estaba sobre la mesita de noche y comprobó que sólo habían pasado diez minutos desde la última vez que fijó sus ojos en él. Eran las dos y diez de la madrugada, y en la televisión a esa hora seguro que ya no había nada interesante.
—¡Diooooooos!, necesito dormir. Quiero dormir —se desespero Sara.
Buscó a oscuras la llave de la luz y la encendió. Des-plazó bruscamente hacia atrás el edredón y las mantas, las sabanas hacía rato que estaban en el suelo, y salió de la cama.
—¡Será posible que hoy tampoco consiga dormir nada! —dijo en voz alta— ¡Mierda, mierda y mierda!
Se puso el albornoz rojo de margaritas blancas que estaba a un lado de la cama, y se calzó las zapatillas acolchadas que hacían juego con el albornoz. Si la viera un toro no quedaría de ella ni la más mínima expresión. Mirase por dónde se mirase todo era de color rojo. Rojo el albornoz, rojas las zapatillas, rojo el pijama, rojo el esmalte de las uñas, y rojo hasta la cinta de pelo que se estaba poniendo. El rojo era el color favorito de Sara y se podía apreciar, sin ningún lugar a dudas, que realmente era así. Continúa...
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