Yo soy SARA
Xiaranai Johanson
Capítulo 9:
Déjà vu
Allí, en la playa de la Zurriola, situada en el barrio donostiarra de Gros, sentada en la fina arena con los ojos cerrados y escuchando las bravas olas rompiéndose en la playa, Sara recordaba su llegada a la ciudad aquella mañana. No existían vuelos directos de Santiago de Compostela a San Sebastián, había sido necesario hacer transbordo en el aeropuerto de Madrid. El avión había despegado a las cinco y cuarenta y cinco de la tarde de Galicia del día anterior, y eran las diez de la mañana del cuando el avión había aterrizado en suelo vasco. Sara estaba exhausta, agotada física y mentalmente, y asustada, porque no sabía con qué recibimiento se encontraría, ¿y si él se había olvidado de ir a recogerla? Disponía únicamente de quinientas miserables pesetas, tendría que coger el autobús para llegar a la ciudad y estaba en un lugar que le era del todo extraño, que hizo que se sintiera más incomoda de lo que ya se encontraba y que su corazón se agitara aún más. Pero no, cuando se abrió la puerta que separaba la zona de recogida de maletas de la sala de espera, allí, con una amplia sonrisa, esperándola, estaba Francisco, una vez más no la había defraudado, y todas sus dudas y miedos se disiparon. Hubo un tiempo, a pesar de las “rarezas” de Fran, en el que Sara había bebido los vientos por aquel muchacho, incluso le había dedicado un poema en el cuaderno rojo.
El reencuentro con Francisco en el aeropuerto de Fuenterrabía fue emotivo. No se dijeron nada, sobraban las palabras; una mirada fue suficiente. Francisco la cogió de la mano y la condujo hasta el coche, que estaba aparcado en el estacionamiento del aeropuerto.
Durante los veintidós kilómetros que separaban el aeropuerto de la ciudad el silencio los embargó, los dos lo agradecieron, él por la pereza de preguntar y ella por la pereza de responder preguntas incómodas. Sin embargo, supuso un tiempo extra para escabullirse a sus respectivos universos, estaban sentados juntos en el coche, sí, era cierto, pero cada uno estaba a mil años luz del otro.
Ya en la ciudad se dirigieron hacia el barrio de Gros, Sara lamentó no tener una cámara de fotos para poder fotografiar la playa que estaba viendo desde el coche. Supo que era la playa de la Zurriola porque Fran se lo comentó al ver cómo ella entornaba los ojos y suspiraba. Se veía tan hermosa que pidió al muchacho que aparcara donde le fuera posible para dejarla tomar contacto con la arena. Fran, mientras, iría a aparcar el coche, el tráfico a aquellas horas era muy intenso, pero esperaba tener suerte y encontrar un hueco próximo al inmueble en el que vivía. En media hora la esperaría en el Solar K, que estaba un poco más adelante y que se veía desde allí, y que no era otra cosa que un gran solar vacío, según le explicó Fran, donde había estado ubicado el Gran Kursaal Marítimo de San Sebastián, que había sido un suntuoso palacio situado frente a la playa de Gros, junto a la desembocadura del río Urumea en terrenos ganados al mar.
Bajó del coche hasta la dorada arena, se descalzó y notó cómo la arena le quemaba los pies. Se acercó al agua y chapoteó un poco, la playa estaba a rebosar, y el calor y el hambre apretaban. Sintió que estaba a punto de desvanecerse, y no se lo pensó, se introdujo en el agua hasta que ésta le tocó la barbilla, en pocos segundos cesaron los temblores en las piernas y los sudores fríos, la respiración dejó de ser agitada y la visión borrosa. Vio un hueco entre dos toallas y no lo dudó, salió del agua y se sentó, no quería dar la nota el primer día que pisaba suelo vasco. Cerró los ojos y dejó de oír todo lo que estaba sucediendo a su alrededor, los murmullos de los cotillas que habían visto la escena, los niños corriendo, las radios entrecruzando mundos y sonidos. Sólo oía el mar, las olas rompiendo en la playa le producían una paz inmensa; a eso precisamente, a paz era a una de las cosas a las que le olía el mar, a paz. Le olía también a libertad, a paciencia, a alegría…; no, no era cierto, estaba tan famélica que en aquel preciso momento nada la relajaba, ni siquiera el sonido del mar.
Xiaranai Johanson
Capítulo 9:
Déjà vuAllí, en la playa de la Zurriola, situada en el barrio donostiarra de Gros, sentada en la fina arena con los ojos cerrados y escuchando las bravas olas rompiéndose en la playa, Sara recordaba su llegada a la ciudad aquella mañana. No existían vuelos directos de Santiago de Compostela a San Sebastián, había sido necesario hacer transbordo en el aeropuerto de Madrid. El avión había despegado a las cinco y cuarenta y cinco de la tarde de Galicia del día anterior, y eran las diez de la mañana del cuando el avión había aterrizado en suelo vasco. Sara estaba exhausta, agotada física y mentalmente, y asustada, porque no sabía con qué recibimiento se encontraría, ¿y si él se había olvidado de ir a recogerla? Disponía únicamente de quinientas miserables pesetas, tendría que coger el autobús para llegar a la ciudad y estaba en un lugar que le era del todo extraño, que hizo que se sintiera más incomoda de lo que ya se encontraba y que su corazón se agitara aún más. Pero no, cuando se abrió la puerta que separaba la zona de recogida de maletas de la sala de espera, allí, con una amplia sonrisa, esperándola, estaba Francisco, una vez más no la había defraudado, y todas sus dudas y miedos se disiparon. Hubo un tiempo, a pesar de las “rarezas” de Fran, en el que Sara había bebido los vientos por aquel muchacho, incluso le había dedicado un poema en el cuaderno rojo.
El reencuentro con Francisco en el aeropuerto de Fuenterrabía fue emotivo. No se dijeron nada, sobraban las palabras; una mirada fue suficiente. Francisco la cogió de la mano y la condujo hasta el coche, que estaba aparcado en el estacionamiento del aeropuerto.
Durante los veintidós kilómetros que separaban el aeropuerto de la ciudad el silencio los embargó, los dos lo agradecieron, él por la pereza de preguntar y ella por la pereza de responder preguntas incómodas. Sin embargo, supuso un tiempo extra para escabullirse a sus respectivos universos, estaban sentados juntos en el coche, sí, era cierto, pero cada uno estaba a mil años luz del otro.
Ya en la ciudad se dirigieron hacia el barrio de Gros, Sara lamentó no tener una cámara de fotos para poder fotografiar la playa que estaba viendo desde el coche. Supo que era la playa de la Zurriola porque Fran se lo comentó al ver cómo ella entornaba los ojos y suspiraba. Se veía tan hermosa que pidió al muchacho que aparcara donde le fuera posible para dejarla tomar contacto con la arena. Fran, mientras, iría a aparcar el coche, el tráfico a aquellas horas era muy intenso, pero esperaba tener suerte y encontrar un hueco próximo al inmueble en el que vivía. En media hora la esperaría en el Solar K, que estaba un poco más adelante y que se veía desde allí, y que no era otra cosa que un gran solar vacío, según le explicó Fran, donde había estado ubicado el Gran Kursaal Marítimo de San Sebastián, que había sido un suntuoso palacio situado frente a la playa de Gros, junto a la desembocadura del río Urumea en terrenos ganados al mar.
Bajó del coche hasta la dorada arena, se descalzó y notó cómo la arena le quemaba los pies. Se acercó al agua y chapoteó un poco, la playa estaba a rebosar, y el calor y el hambre apretaban. Sintió que estaba a punto de desvanecerse, y no se lo pensó, se introdujo en el agua hasta que ésta le tocó la barbilla, en pocos segundos cesaron los temblores en las piernas y los sudores fríos, la respiración dejó de ser agitada y la visión borrosa. Vio un hueco entre dos toallas y no lo dudó, salió del agua y se sentó, no quería dar la nota el primer día que pisaba suelo vasco. Cerró los ojos y dejó de oír todo lo que estaba sucediendo a su alrededor, los murmullos de los cotillas que habían visto la escena, los niños corriendo, las radios entrecruzando mundos y sonidos. Sólo oía el mar, las olas rompiendo en la playa le producían una paz inmensa; a eso precisamente, a paz era a una de las cosas a las que le olía el mar, a paz. Le olía también a libertad, a paciencia, a alegría…; no, no era cierto, estaba tan famélica que en aquel preciso momento nada la relajaba, ni siquiera el sonido del mar.
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