La Aventura del Premio Planeta

La Aventura del Premio Planeta de Novela
 
 

 Cuando logré terminar mi primer trabajo literario, La Huella del Camino, me pregunté qué iba a ser de aquel mamotreto de papeles que estaban abandonados en un cajón oscuro de mi mesa de trabajo.

 Durante unos meses me dediqué a rellenar hojas contando las aventuras de un grupo de jóvenes que había salido de Roncesvalles con la ilusión de recuperar vivencias del pasado. Fue entonces cuando tuve la sensación de caminar a su lado y compartir con ellos los momentos más amargos que han padecido en su largo caminar hasta Compostela.
Ninguna de mis aficiones me había regalado tanto. Aquel gesto de sentarme delante de un papel y reunirme con los jóvenes peregrinos para seguir robando kilómetros al Camino me estaba rescatando del más cruel ostracismo. Y juntos llegamos a Santiago de Compostela. Allí nos separamos, los jóvenes caminantes regresaron a sus ciudades de origen y yo me quedé solo, sin emociones y con mis recuerdos.
 La noche que terminé el libro recorrí en solitario las calles de la ciudad. Estaba de vuelta a casa y sentía nostalgia por lo que había quedado atrás. La ciudad… la gran urbe… el asfalto. Por momentos, parecía atrapado entre las jaulas de hormigón que me rodeaban, y quería huir. Cuando llegué a casa sentí que me ahogaba y abrí las ventanas; fue entonces cuando vinieron a mi mente las imágenes del hermoso paisaje que podía observar Marcos desde la habitación de la casa de turismo rural en Portomarín. Allí, apoyado en la ventana, disfrutaba de las tranquilas aguas del embalse y del espectáculo que ofrecían algunas de las edificaciones que han quedado sumergidas en el fondo del pantano después de su construcción. Sin embargo, meses después, mis amigos caminantes me han regalado ser finalista del Premio Planeta de Novela de aquel año.