Arribo al infierno
Jorge Rueda

Colombianos, pasaporte estadounidense, y por ello llevábamos impregnado en nuestras frentes un estereotipo: DROGA. Numerosas preguntas, y una completa y exhaustiva revisión de nuestros equipajes. Fuimos los últimos en salir de la sala de inmigración y aduanas.
Es medio día; 18 de septiembre de 1985. Tomamos un taxi pequeño, tipo escarabajo, de color verde. Teníamos reservadas unas habitaciones en un hotel que alguien nos había recomendado en New York. Era famoso por que en él se instalaban muchos ciudadanos colombianos. El hotel tenía buena presencia. Cuando entramos, había mucha gente en la fila esperando para registrarse. Nos dijeron que solo tenían  habitaciones en el sector antiguo, algo que molestó a mi socio, que pidió que le mostraran el cuarto que le habían asignado. Yo decidí quedarme con el equipaje en el lobby; nunca me he tomado la molestia de fijarme si la habitación es bonita o fea, es para dormir y listo, esta es mi filosofía. Diez minutos después, la cara de disgusto de mi socio, el cual ya venía molesto desde el aeropuerto, no era la mejor. Me dijo que si yo quería quedarme, él buscaría otro hotel, ya que la habitación no era de su gusto. Tuvimos un momento de discusión, y finalmente decidimos abandonar aquel lugar. Tomamos otro taxi. Plinio, mi socio, le indicó al conductor que nos llevara al hotel donde se alojaban los artistas famosos; esto me hizo gracia, ya que con esa indicación quedó incluida la dirección y el nombre del hotel a escogencia del taxista. Su flamante vehículo estacionó a las puertas del hotel Century, un cinco estrellas en la zona rosa de la ciudad, y en donde esos días se encontraba hospedado el grupo musical, Menudo. Aquí mi socio no se tomó la molestia en revisar la habitación.
Piso 14, cuarto 1401. Dos agradables y espaciosas camas, y un baño inmaculado. Nos vestimos decentemente y salimos a comer. Los restaurantes próximos al hotel se veían lujosos y, por lo tanto, muy costosos; sin embargo, pensamos que con el cambio del dólar bien podíamos deleitar el paladar con uno de sus platos. La señorita que se encarga de distribuir a los comensales en el restaurante escogido nos ubicó en una buena mesa: dos sillas, una frente a otra. La mesa nos dividía. Sirvieron panes, salsas, agua y nos extendieron la carta. El olor a pan fresco me llamó la atención, y tomé uno de esos pedazos, el cual lo impregné con una ensalada de aguacate muy provocativa. Se veía deliciosa. Mordí una pequeña porción mientras mi socio me observaba. Mi gesto fue tan expresivo, que Plinio tomó un trozo tan grande como sus ciento ochenta centímetros de estatura y unas doscientas veinte libras de peso. Lo cubrió tres veces más que el mío, y terminó esa deliciosa salsa de aguacate. Mientras tanto, yo masticaba lentamente como lo exigen los cánones de la etiqueta. Fue entonces cuando percibí que varias personas de las mesas cercanas lo observaban. En el primer bocado, prácticamente, engulló en su espaciosa boca toda la porción. Su cara se volvió de pronto roja. Sus labios se inflamaron y adquirieron un rojo que muy pocas veces había visto. Las orejas parecían achotes y los ojos, derramando lágrimas, parecían querer salir de aquel rostro en llamas. Me miró fijamente, a la vez que juraba en hebreo. Mientras masticaba pude leer en sus labios una palabra: ¡HIJUEPUTA! En segundos se bebió toda la jarra del agua; los demás comensales, muy serios, levantaron sus manos y aplaudieron mientras gritaban al unísono: ¡BRAVO! Yo guardé silencio. Por fin me había desquitado de todos los malos ratos que me había hecho pasar ese caballero desde que salimos de New York. No sabía qué decir, también estaba picado, pero en menor grado. El olor de aquel delicioso aguacate, cuando lo acerque a mi boca, penetró mis fosas nasales, y casi me curó una sinusitis. Tomamos unas cuantas cervezas y se comió, como Dios manda, sopas, carnes a la brasa y más picante, el cual ya ingerimos con más cuidado. El nombre del restaurante... EL AJI. Continúa...

 


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