Hombre rico, hombre pobre
Mario González Sánchez

Me gustaría retroceder por unos instantes a aquellos tiempos en los que en esta España nuestra vivíamos en un permanente estado de fiesta y alegría. Hubo una época en que empezamos a codearnos con las grandes potencias económicas mundiales, e incluso llegamos a mirar por encima del hombro a países cuyo potencial económico estaba muy por encima del nuestro. El dinero que procedía de Europa se regalaba de forma arbitraria en subvenciones y proyectos de muy dudosa asignación y utilidad, pero siempre favoreciendo a determinados grupos, ya fueran empresariales o personales. En una gran mayoría de casos muchos de esos proyectos, obras faraónicas, nunca llegaron a cumplir con el objetivo que se esperaba. No hace mucho se emitió en una cadena de televisión un reportaje sobre construcciones que se realizaron con el dinero que vino de los fondos europeos y que nunca se llegaron a finalizar. Eso sí, los bolsillos y cuentas corrientes de quienes participaban de tal despilfarro quedaba calentito; lo demás, no importaba. Hoy esas construcciones están sin terminar y en un estado ruinoso y lamentable, que duele el alma al verlas.
De Europa nos llegó dinero, impresionantes y astronómicas cantidades de dinero, que en su mayor parte se distribuyó en subvencionar intervenciones en pesca, agricultura, ganadería, cultura, formación, etc. Sin embargo, todos sabemos cómo se ha hecho el reparto del botín; sí, digo botín, porque así lo han entendido quienes se encargaban de gestionar dicha dote.
Administraciones locales, autonómicas y estatales han realizado prácticas que cualquier ciudadano con un mínimo de inteligencia sabe que han sido ilícitas y motivo de intervención por parte de la justicia. En un programa de televisión local pude ver, con asombro y perplejidad, como un político de una administración provincial regalaba subvenciones como si de una tómbola se tratara. Y así, esta filosofía de repartir y regalar el dinero ajeno se ha instalado durante muchos años en este país. Varios años atrás, un amigo y analista político aficionado me decía con amplia sonrisa y a modo de guasa: “Ben da a vaquiña. O día que se seque veremos o que vai a ser de nos”. Para los que no conocen el idioma gallego, les diré que viene a decir algo así como: “Bien da la vaca. El día que se seque veremos qué será de nosotros”
Esa frase ha quedado marcada y recordada y hoy, más que nunca, adquiere todo su valor y actualidad.
Toda esta amalgama de actuaciones caciquiles nos ha llevado a la actual situación que estamos padeciendo en nuestro país. Es cierto que a nivel mundial sufrimos una crisis económica importante, y esto ha provocado que salieran a la luz todas estas actuaciones fraudulentas. El desprestigio de la clase política, empresarial y económica es tal, que debería darles vergüenza salir en los medios de comunicación.
Con la desaparición  de la república y la llegada de la dictadura de Franco, este país entró en un retroceso político, social y económico de consecuencias incalculables. Con la llegada de esta forma de gobernar, la sociedad española ha perdido la esperanza, la ilusión y las ganas de vivir.
La destrucción de empleo sigue siendo sangrante. El año que acaba de terminar nos ha dejado unas cifras de paro que, de seguir así un cierto tiempo, no podremos soportar. Por primera vez en muchos años se ha acabado con el saldo positivo que presentaba la seguridad social; estamos a cero y esta situación no permite asegurar el estado del bienestar, aunque de afirmar lo contrario se están encargando los actuales regidores del estado.
Si quieren salvar el país. Si quieren hacer algo que el ciudadano de a pie valore como un gesto de buena voluntad política, que empiecen a buscar donde saben que está el dinero, y quienes se lo han llevado de forma fraudulenta. No es difícil averiguarlo; lo sabemos todos, y ellos, que no son tontos, también. Así que, déjense de gilipolleces y hagan algo por nosotros. Cualquier otra actuación por su parte no nos vale de nada;  como dice Luz Casal, y no me importa nada…

Ahora nos ponen como portadora del gobierno a una mujer con cara de niña buena y de no haber roto un plato en su vida, para decirnos con cara de tristeza y resignación que es muy doloroso pedir más esfuerzos al ciudadano de a pie. Que seamos nosotros los que tengamos  que volver a levantar el país pagando más impuestos. Que es una medida que le duele en el alma, y que ya son muchos los esfuerzos que nos piden desde el otro lado de la barrera, pero que tiene que ser así. Hombre rico, hombre pobre, quién te ha visto y quién te ve…