Aracne la Hilandera
Ratita, ratita, ¿te quieres casar conmigo?
—¿Y qué harás durante las noches? —dijo la ratita.
—Quererte lo mismo que durante el día —contestó el ratoncito.
Esto me contaba mi querida amiga Irene, entre lágrimas, rememorando una mañana de casi tres años atrás.
—¿Por qué lo creíste? —le he preguntado yo, de una manera tajante e intimidatoria. Tal vez en un arranque de enfado e indignación pero respetuosa siempre con sus sentimientos.
—¿Había razones para no creerlo? —concluyó.
Me levanté a la barra a fin de que el camarero que atendía nuestra mesa no viera esas lágrimas en la mejilla de Irene; aunque tal vez hubiera sido bonito que las viera. Eran lágrimas sinceras y auténticas. De las pocas que se derraman cuando una persona ama de verdad. Amar, ya no está de moda. Amar, dicen, es para "místicos". ¿Y qué más da lo que digan? Los sentimientos no están de moda... Bien... Lo acepto, pero con reticencias: ¿pero, para quiénes?... Tal vez para aquellos que son incapaces de sentir o, que sintiendo, no tienen el valor de aceptarlo.
Mientras pedía nuestro desayuno le di un respiro a Irene que, afanosa, se limpiaba sus lágrimas de oro. Yo misma lo llevé a nuestra mesa. Estábamos escondidas en mi rincón favorito. Una cafetería donde, por amistad, tengo acceso a la planta baja, cerrada para los habituales de hace años, donde, entre otras cosas, nos está permitido fumar.
Supe desde anoche, cuando recibí su sms, que hoy Irene quería sincerarse conmigo. Y allí estábamos las dos... Con nuestro café muy, muy caliente y cremoso, y nuestro cigarro.
La miré a los ojos, en silencio, invitándola a hablar con una sonrisa muy tierna. Y así, empezó:
—¿Sabes? —me dijo.
—¿Qué debo saber, Irene? —contesté.
—En todos estos años en los que he creído que mantenía con él una maravillosa relación, solo le mentí una vez. Y esa vez fue para mi propia autoprotección —de nuevo, sus ojos anunciaban lágrimas.
Sabía a qué mentira se refería. Me la contó el mismo día que lo hizo y, aunque ninguna mentira es buena, por banal que sea, era necesaria en ese momento.
—Irene, no llores más. No es necesario que sufras así por miles de palabras que sólo han sido una bonita mentira. ¿Qué tienes de él? Palabras, promesas no cumplidas y sus fotos. Eso, por mucho que tú lo desees, no es nada más que "fumata". Te ha mentido, te ha engañado, se ha reído de ti, ha jugado con sentimientos más nobles. El que más ha perdido ha sido él. Nunca lo olvides. Podrá tener miles de mujeres más, pero nunca sentimientos tan reales y sinceros como los tuyos.".
—¿Pero, por qué yo? —me preguntó.
En ese momento me puso en una tesitura muy incómoda. No podía dar los motivos exactos para tanta crueldad en un ser humano que se atreve a mirarla a los ojos y decirle:
—¿Sabes? Te amo. Nunca lo olvides. Te he dado mucho más de lo que jamás le he dado a nadie.
Pero me aventuré a darle una respuesta:
—Irene, lo que empieza como un juego, aunque para ti no lo fuera, a veces se complica y la otra parte, por falta de valor, no sabe parar y confesar la verdad. Simplemente es eso. No hay más. Ni te quiso ni te quiere, por duro que suene. Ha sido su guión. Se ha reconfortado en ti en momentos de aburrimiento que ha ido alternando con otras mujeres. ¿Recuerdas a WAPA_LOCA? Ella te lo contó. ¿Recuerdas a Ana? También te lo advirtió, y no quisiste creer. No lo juzgues, él es así. Ahora solo tienes que caminar. Sé, sobradamente, lo que te dijo; prometió, juró y ofreció en el pasado. ¿No te das cuenta de que nunca lo nombra ya? Para él, eso, es pasado. Probablemente ni lo recuerde ya. Ahora debes tomar su ejemplo y seguir adelante.
Parecía un poco aliviada, pero solo era eso, apariencia. Le ofrecí un cigarrillo y, mientras permanecíamos en silencio con nuestras humeantes tazas de café arábigo (el preferido de Irene), mi mente no podía dejar de pensar. Yo conocía de primera mano toda la historia desde el día que comenzó.
Fue el 22 de febrero de 2009. Nunca había visto tan ilusionada a Irene. Sus ojos eran luz. Jamás la había visto tan bonita en toda su vida. También sabía que Irene es una persona muy sensible, con una empatía muy marcada y que si él descubría sus puntos débiles podría hacerle mucho daño. Ese era mi mayor temor. Pero la veía tan feliz... Tal vez parte de culpa es mía... Debería haberla alejado de él... Pero, ¿y si me equivocaba?... ¿Y si le quitaba a Irene la posibilidad de estar con alguien que la amara como ella era capaz de amar?... Lo veía egoísta por mi parte, y decidí ser mera observadora, para bien o para mal.
—¿Sabes? —Irene rompió mis pensamientos y la miré.
—Dime, cielo —y guardé silencio.
—Le he amado de verdad... Ha sido la primera vez que he amado... Y lo he hecho con el corazón, con el alma, sin reservas. Yo sabía que mentía y que, en muchas ocasiones, no era sincero conmigo. Pero callé. Preferí no decirlo porque mi amor era más fuerte que esas mentiras, aunque me dolían mucho. Aún así, no hay nada que reprochar. Me llevo lo más bonito dentro de mí. Muchos momentos tan preciosos que los atesoraré como reales. Para mí lo han sido y eso, al fin y al cabo, es lo que cuenta. Y lo recordaré con amor y cariño. Es lo mínimo que puedo hacer.
Guardé silencio. Prefería acabar esa conversación así. Sin que ella sintiera odio o rencor hacia él. Sé que no es capaz de sentirlo y, prefiero que así sea. Saqué una bolsa roja que portaba conmigo y le dije:
—Irene, es para ti.
Sus ojos brillaban.
—¿Qué es? —preguntó.
—Ábrelo, tonta —contesté nerviosa.
Irene se afanó en romper el papel de regalo. Siempre dice que, abrir un regalo así trae buena suerte. De repente se le iluminó su rostro.
—Es un E-book —dijo muy alegre.
—Sí, sabía que lo querías desde hace mucho, y creo que hoy es un buen día para regalártelo. Enciéndelo; lleva algo para ti.
Dentro había un libro para ella: "La ratita presumida". Sonrió y la vi guapísima. En ese momento supe que volvería a caminar, siempre mirando al frente.
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