Esperando una señal
Los mundos de Baby
Llevaba días, semanas, meses observándole…Siempre solo, impasible a lo que ocurría a su alrededor, todos los días la misma rutina. Llegaba con su caña, buscaba un buen lugar, preparaba los aparejos, siempre meticuloso y se sentaba durante horas a pescar; ¿a pescar? En realidad nunca supe qué hacía realmente. Se pasaba horas sentado en las rocas, mirando al mar, su mirada perdida en el horizonte. Cuando el sedal de su caña tomaba vida, acudía presuroso a su encuentro, tomaba su caña, recogía el sedal y cuando divisaba su presa, triste y cabizbajo la devolvía al mar. Algunas veces eran capturas importantes, otras no tanto, pero nunca en todo ese tiempo le vi marcharse con nada.
En ocasiones yo llegaba y él ya estaba en su puesto, otras le veía aparecer o marcharse y algunos días no llegaba a verle, pero sabía, estaba segura de que acudía todos los días a la cita. No siempre lo hacía a la misma hora, pero su ritual era el mismo. Yo solía observarle en la distancia. Estuve tentada en acercarme varias veces, pero nunca lo hice.
¿Qué le diría?
Tendría unos cincuenta años, era alto y en cierto modo atractivo. Su rostro llegaba lleno de esperanza y se iba triste y resignado.
¿Qué esperaba pescar? ¿Qué buscaba en realidad?
Mi curiosidad estaba rebosando su límite. Yo también acudía a la cita siempre que me era posible. ¿Cita? Si, en realidad era como una cita silenciosa.
Un día creí que me observaba. Creo que le sonreí. Pero no obtuve respuesta. Solo fueron imaginaciones mías. Su rostro permaneció imperturbable. Volvió la mirada al mar y así siguió durante un buen rato más.
Una tarde de invierno, de tantas, preciosa y soleada, sucedió. Él estaba como siempre, sentado mirando al mar, a unos metros, su caña, estática. Yo le observaba en la distancia. De pronto le vi levantarse. ¿A dónde iba? Abandonó su lugar de “vigilancia” y se acercó al agua. Algo flotaba en ella. Desde mi posición no podía distinguir qué era. Me acerqué unos metros. No me importaba ser vista. Nunca reparaba en mí. Entonces distinguí el objeto que sostenía en sus manos y que hacía unos segundos había recogido del mar. Era una botella. Observé que intentaba sin éxito… ¿abrirla? De pronto la agarró por el cuello y la golpeó con fuerza contra una roca. La botella se hizo añicos. De entre los cristales recogió algo. ¿Un papel? ¿Era un mensaje como en las pelis?
El objeto bien podía ser un papel doblado o arrugado. Si así era no lo desdobló. Se lo guardó en el bolsillo de su abrigo, recogió sus cosas y se fue.
Pasó muy cerca de mí. Vi su cara con claridad. Algo había cambiado: su rostro. Por primera vez su rostro transmitía satisfacción. Por primera y última. Sí, última… jamás volví a verle. Jamás supe que era lo que había estado esperando durante meses.
Acudí a “nuestra cita” durante semanas. Pero nunca volvió. Me acerqué a “su lugar”. Incluso me senté en su roca. Miré al mar como solía hacerlo él. Buscando respuestas. Pero no las obtuve.
Las respuestas se fueron con él y con ese mensaje que llegó del mar...
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