Aquel 7 de diciembre
Aracne la Hilandera

Todo ocurrió aquel 7 de diciembre, y la vida para Irene cambió. Era la semana perfecta, el día perfecto. Esa semana, festivos los días seis y ocho, Irene decidió tomarse libre el día cinco, motivo por el cual no trabajaría hasta ese transformador 7 de diciembre.
Amaneció feliz, como todas las mañanas. Tomó una ducha muy caliente y un ligero desayuno. Se puso preciosa, sus ojos brillaban y sonreía sin parar. De este modo, emprendió camino hacia el trabajo. Las horas pasaban rápidas y el sol brillaba pese al frío que reinaba ese día. Recibió alabanzas por su trabajo y se volcó, una vez más, en él, como hace día tras día. Pensaba en el partido del día diez y en la persona con la que había quedado para verlo juntos en el estadio: tenía una sorpresa muy especial preparada. Lleva con él casi tres años y tenía una ilusión tremenda por reencontrarlo, tras los últimos intentos fallidos que tanto le habían dolido: los comprendía, claro que sí, pero aún así se le hacía muy duro estar sin él.
Salió del trabajo y emprendió camino hacia casa con su MP4: escuchaba las bellas canciones que él le regalaba algunas noches, y que le hacían revivir en su recuerdo cada minuto pasado con él. De repente, sin nada que lo justificara, Irene sintió algo muy extraño en su interior. Tuvo un mal presentimiento. Esos presentimientos que Irene, por su gran intuición, ya reconoce perfectamente.  Algo malo iba a pasar. Estaba segura de ello.
Continuará....