Affectio maritalis
Aracne la Hilandera

Esta mañana, a raíz de un hecho que me sucedió ayer tarde, me he despertado, precisamente, pensando en lo que llamamos la "affectio maritalis", locución latina que se usa para referirse a los cónyuges y a sus deberes de afecto, socorro y auxilio mutuo. Si mi memoria no me falla, puesto que hace ya muchísimos años que cursé Derecho Romano, la "affectio maritalis" constituyó el elemento subjetivo de la relación entre el hombre y la mujer, que podemos traducir en la intención de permanecer unidos en dicho estado, es decir, en matrimonio. En un polo opuesto aparecía el denominado "concubinato", donde no existía la "affectio maritalis" pero sí una convivencia estable entre la pareja (insisto, hombre y mujer). Lo que nosotros llamamos "pareja de hecho".
Hoy en día, en Derecho español, existen notables diferencias en cuanto al régimen jurídico aplicable a las "parejas de hecho" frente a los "matrimonios". Nuestro Derecho regula la institución del matrimonio por lo que se deduce que, quien no se somete al mismo no desea que se le aplique.
No estoy casada, pero lo estaré... Soy de las personas que no creen en ratificar delante de un funcionario público o sacerdote mi amor hacia el hombre al que deseo unirme. Si sirviera para sentir lo que siento hacia él toda la vida, lo haría sin dudar, pero al no ser el caso... y máxime cuando los sentimientos hoy en día, por lo visto, son de "quita y pon". Me someteré a él, y digo la palabra "someter" de una manera completamente deliberada, con otros fines muy distintos a los establecidos en los artículos 66 a 71 de nuestro Código Civil, puesto que yo, al menos, los presumo entre dos personas que se aman y, por supuesto, los siento en mí... (No hablo, por supuesto, de "negocios de matrimonio": cada uno es libre de hacer lo que desee...)
Imagino que desde hace rato os preguntareis: ¿a dónde quiere llegar con todo esto? Pues lleváis toda la razón pero os aseguro que sé hacia donde me dirijo.
Anoche me quedé petrificada y triste... muy, muy triste. Y lloré sin querer. Sentía cómo mis lágrimas calientes y saladas rodaban por mis mejillas.
Llegué muy cansada a casa, pero una idea me rondaba la cabeza durante todo el día y que me hacía daño, por lo que quise comprobar algo que me reservo para mí. Sabía dónde podía encontrarlo (dentro de los medios que estaban, y están, a mi alcance) y deseé que mi intuición fallara en ese caso y asumí el riesgo. Y sí, allí estaba Lot, como perfectamente sabía ya de antemano, en todas las dimensiones posibles de comportamiento y sentimiento. Como castigo divino, mi curiosidad me convirtió en Edith. Intenté simular ante él que yo hacía lo mismo, esperando que me dijera algo que pusiera en tela de juicio lo que mi mente albergaba, pero me sentía tan estúpida esperando una señal por su parte que, a los pocos minutos, me marché sin decir nada. Y es que, el amor, por mucho que lo cuides o desees que persista, al final se acaba.
Y ahora, precisamente, no sé qué hacer... Estoy perdida... No veo mi faro...