¿Por que habéis tardado tanto?
Carmela González

Este es mi particular homenaje a un elenco de personal sanitario entregado día a día en los lugares y momentos, donde y cuando se les requiere. Un accidente, una nueva vida que pelea por salir al mundo "a empujones", una joven sin ganas de vivir y que pretende tirarse de un puente y así un sin fin de episodios.
He recibido hoy un email de un amigo donde me ha "regalado" brevísimos párrafos, trocitos de vida, que me han dejado muy pensativa. Trocitos de pensamientos personales, llenos de ternura, sentido del deber, de impotencia  a veces, e incluso de rabia. Pero todos ellos desprenden mucha humanidad, calor y sobre todo un halo vocacional, que todos deseamos percibir cuando nos encontramos en algún trance complicado de nuestra vida.
A lo largo de conversaciones he podido constatar un "pedazo" de hombre íntegro, con las ideas y pensamientos claros y sobre todo con una sensibilidad extraordinaria. El saber qué hacer en todo momento con mano precisa y con palabras de aliento y tranquilizadoras, que seguramente en numerosísimas ocasiones han servido de bálsamo para algún paciente en apuros, no es nada sencillo.
Peter, que así se llama nuestro personaje, me relató, con una serenidad emocionada, como en el accidente de Barajas, entrando en el avión todavía envuelto en un humo intenso y asfixiante, con la planta de las botas derretidas (que por cierto no se atrevió tirar nunca y aún conserva), oía voces de heridos pidiendo ayuda. De pronto, escucha que alguien le llamaba con un hilo de voz por su nombre. Descubrió que entre los supervivientes había unos compañeros de su propia unidad. Ellos se disponían a disfrutar de unas merecidas vacaciones bruscamente truncadas por el fatal y absurdo accidente.
Me describió con detalle cómo se ha tenido que "despojar" de toda emoción del momento del encuentro y actuar con rapidez, hacer todo lo posible por salvar a los heridos que aún mantenían un mínimo halo de vida, ya que por otros muchos no se podía hacer nada. Y entre todos ellos sus propios compañeros.
Cada episodio que cuenta es una historia en sí misma, de personas que sufren, que piden ayuda a gritos y que esperan del  personal sanitario que les atiende. Y él, consciente de su limitación, a veces en tiempo, o veces en medios, lucha hasta la extenuación por esa vida. Pero también desprende reproches cuando me dice que no comprende la poca solidaridad de algunos personajes al volante, cuando no colaboran en ceder el paso a una ambulancia no siendo conscientes de que el tiempo aquí es vida o posibilidades de salvarla. Sin embargo, casi siempre les reciben con el comentario: ¿Por que habéis tardado tanto?
Me conmueve, profundamente, cuando cuenta con tristeza lo que ha sentido al presenciar cómo una hermosa niña de cinco años ha sido declarada muerta por el médico de urgencias, después de intentar reanimarla durante más veinticinco minutos. Como él dice, esta niña no acudirá nunca a su primera cita ni volverá a decir un: "Te quiero, mama". O aquel niño pequeño tirándole de la manga preguntando: ¿Está bien mi mamá?, cuando la realidad era que ya no se podía hacer nada por ella, y sentir la impotencia de no saber qué decir. Son cosas tan sencillas, pero a la vez tan profundas y duras que nos hacen reflexionar sobre la cotidianidad de la vida. De los momentos que nos perdemos en "absurdeces",  y no reparamos en las esencias de cada instante que nos brinda la vida. Incluso habla de la sensación, a veces, de familiarizarse demasiado con estos episodios. De la terapia personal casi diaria, de intentar despojarse de lo vivido y no llevarlo a casa. Cosa que en algunas ocasiones no es posible, por lo impactante o desconcertante de la intervención de aquel día. Pero siempre hay una palabra o una mano en el hombro de algún compañero, con un: "Peter, ¡vaya día hemos tenido hoy!", y que de alguna manera intenta aliviar la carga emocional del momento. Es un simple: "no te olvides de que estamos todos a uno, y gracias", pero tan necesario en esos momentos. Continúa...

 


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