Mujer, ¿y qué?
Carmela González

 


El origen en sí de este día conmemorativo de las  féminas se remonta al siglo XX, con la incorporación de la mujer al mundo laboral. A raíz de las guerras mundiales, mientras los caballeros se mataban entre sí en los frentes, ellas, que hasta ese fecha eran poco más que una bulto sospechoso que andaba por casa dedicada en exclusividad a sus labores y al cuidado de la prole, se vieron en la necesidad de buscar las habichuelas en fabricas, campo y negocios. Claro está, que una vez finalizada la guerra, los machotes volvieron a sus casas pretendiendo recuperar su hegemonía en el hogar con todos sus privilegios y creciditos como héroes supervivientes de una guerra. Ah, pero resultó que el  colectivo femenino no solo se negó abandonar su trabajo fuera del hogar, que les proporcionaba cierta independencia, sino que empezó con su lucha más que justificada y lógica, para conseguir derechos y obligaciones exactamente iguales que los santos varones. La lucha sigue vigente aun ahora, y corremos el año dos mil doce. En eso no hemos avanzado demasiado. Parece que se hacen cosas, se crean ministerios de dudosa perdurabilidad y se intentan justificar que se mueven cosas en pro de los derechos de la mujer, como por ejemplo, mareando a la RAE con los lenguajes sexistas. Opino que hay cosas y situaciones mucho más importante que discutir y reivindicar que el leguaje escrito y hablado. Que al fin y al cabo el problema no es como lo dices ni si pluralizas en los géneros, sino lo que dices y proclamas. Por ejemplo, tener que leer hoy en la prensa que nuestra querida Esperancita Aguirre dice que el aborto no es un derecho, y para suavizarlo nos concede la licencia de que no conlleve cárcel para las mujeres que tomen la decisión de hacerlo. Simplemente es surrealista.  Esto lo denuncia quien suscribe esta reflexión, que pertenece al comité de igualdad de la empresa en la que trabaja. Tenemos un camino mucho más complicado para conseguir que se nos valore de igual a igual con el colectivo masculino, tanto en sueldos como en categorías profesionales. Ahí está la cuestión. Que la conciliación de la vida laboral y familiar no solo sea un problema del colectivo femenino, sino que se expanda a un colectivo llamado personas, independientemente de su sexo. Todavía hoy parece que el elenco masculino lleva implícito en sus genes la necesidad  de tutelar al colectivo femenino, cuando todo esto no tiene ningún sentido tal y como se ha ido desarrollando la sociedad; además, teniendo en cuenta que los núcleos monoparentales son cada vez más habituales. Por un lado mucho proclamar derechos humanos, y en contraposición derechos de la mujer, para después hacernos una simple pregunta: ¿somos o no somos humanos? Aquí el problema es puramente educacional y de serie. Por eso siempre digo: Mujer ¿y qué? Si aquí no se trata de mujer o no mujer, sino de personas responsables de sus actos y actuaciones. Llevar implícito en la vida cotidiana la responsabilidad de cada hecho en sí, independiente del sexo de la persona que lo realice.  De valorar personas y no sexos. Que no existan días mundiales de mujeres, porque cada día nos pertenece como ser humano, cada hora, cada minuto. Que no se escondan detrás de escudos tradicionales, costumbristas o religiosos para justificar atropellos o incluso asesinatos. Todo esto es absurdo. Hemos perdido el respeto a la vida y a las personas. Disimulamos hechos deplorables con escusas surrealistas como la explotación en el terreno laboral, social e incluso jurídico. 
Dejemos a un lado la guerra de sexos, para entonar una canción de igualdad a nivel de todo el colectivo humano. También  hay varones discriminados. Luchar por un bienestar a nivel social y educativo, donde lo importante no es la mujer y/o el hombre, sino la persona, el ser humano.  Donde la igualdad o no igualdad no dependa de unas coordenadas geográficas o de un convencimiento religioso. Donde lo humano y los derechos a la vida sean realmente la esencia de nuestra existencia. Y posiblemente así tendremos un mundo un poco mejor e igualitario.