Hechos extraños
Marc Reins



Después de lo que estaba pasando, esa noche puse especial atención a la hora de cerrar puertas y ventanas. Fue en ese momento cuando pude comprobar que si alguien quería entrar en la casa lo iba a tener complicado. Las puertas y ventanas eran muy consistentes, y estaban construidas con hierro fundido y madera maciza de gran sección. Después de aquella inspección necesaria me encerré en mi cuarto para trabajar. Era una noche estrellada. Una hermosa noche de luna. El césped del jardín se veía plateado e iluminado como el día. Durante unos minutos estuve contemplando, absorto, la plácida belleza de aquella escena tranquilizadora. Al poco rato me senté delante del ordenador para continuar con mi trabajo. Las horas fueron pasando lentamente y en el ambiente sólo se podía percibir el contacto de mis dedos buscando las letras impresas en aquel teclado tipo membrana. El fuego desprendía pequeñas volutas de humo que se perdían en la profunda y oscura garganta de la chimenea. Estaba tan centrado en la trama que hubo un momento en que aquellas llamas, indomables y abrasadoras, parecían fundirse con el texto reflejado en la pantalla del ordenador. Al poco rato pude sentir cómo mi mente se precipitaba hasta un profundo vacío. Tuve que haberme dormido largo tiempo, porque cuando abrí los ojos el fuego ya se había consumido y solamente unas brasas ocupaban la pequeña parte del fogón. Fue entonces cuando me pareció oír pasos que llegaban desde el salón y que terminaron con el sonido de una puerta que se cerraba. Salí corriendo del dormitorio, pero no vi a nadie en las inmediaciones. Sin embargo, pude comprobar con asombro que alguien había hecho modificaciones en la partitura que estaba en el atril. Bajé corriendo por las escaleras y empecé a gritar:
―¿Hay alguien ahí? ¿Quién está ahí?
La respuesta a aquellas preguntas fue el más absoluto silencio. Recorrí la casa tratando de encontrar alguna explicación a lo que acababa de ocurrir. Las puertas y ventanas estaban cerradas. Regresé al salón y me acerqué lentamente al piano. Examiné con detalle la partitura. En esta ocasión se habían atrevido a realizar cambios importantes. Con los brazos apoyados sobre el piano estuve largo tiempo pensando qué podía estar sucediendo, y quién estaba escribiendo en mi obra musical.
Quise asegurarme una vez más de que la casa estaba bien cerrada, y volví a revisar todas las posibles entradas. Al igual que en mi anterior inspección, no encontré nada que me hiciese pensar que alguien pudiera acceder a la vivienda desde el exterior. Quien escribió en mi partitura tenía que estar dentro de la casa. Revisé palmo a palmo cada habitación, pero mis investigaciones no dieron ningún resultado. Ya en mi cuarto, pasé lo que quedaba de noche sentado en el escritorio meditando sobre lo que estaba sucediendo.