La "Vergüenza" del gallego
BegoVL
En este mundo cosmopolita en el que la comunicación y el transporte avanzado hacen patente la globalización y el intercambio de costumbres, se destapan hábitos que, aunque nos parecen universales, en realidad dejan perplejos a nuestros visitantes.
Los extranjeros que viven o visitan nuestra tierra se sorprenden respecto al hecho de que cuando nos sentamos a la mesa siempre queda en el plato la última tajada, que con suerte acaba subdividiéndose en ridículas porciones para poder seguir con el reparto.
Una tarde de tapas por la calle de los vinos de Ourense, un amigo francés nos pregunta por qué en todos los platos siempre dejábamos algo de comida. Tuvimos que explicarle que a ese pedacito se le llama “la vergüenza del gallego” y él, atónito, nos responde “¡Ay! A me queda algo, le llamáis la vergüenza del gallego”.
¿Será vergüenza, será cortesía o será de mala educación comerse la última tajada? Lo cierto es que nosotros lo explicamos como un acto de cortesía, dejándola para la persona que se sienta con más hambre. Sin embargo, el verdadero origen de esta tradición va más allá de la simple cortesía.
En la actualidad, lo normal es servir en el plato la comida que se estima que se va a comer, y si se queda con hambre, repetir. Antaño, se ponía más comida de la que realmente se podía ingerir, para asegurar que nuestros invitados no quedaran con hambre. Por tanto, para demostrar a nuestro anfitrión que nos habíamos saciado, debíamos dejar un poco de comida en el plato. Si realmente había abundancia en aquella casa era imposible comer todo lo que se servía. No obstante, había casas donde no podían permitirse tanto dispendio, y por eso los invitados evitaban hacer sentir mal al anfitrión y, aún quedando con hambre, debían hacerle ver que ya estaban saciados.
Esta costumbre perdura aún hoy cuando salimos a tapear, e intentamos subdividir el último pedazo para repartirlo entre todos, pues todavía se considera de mala educación comer la última tajada.