El abuelo François
Los mundos de Baby
Recuerdo una época de mi infancia en que solíamos pasar un par de fines de semana al mes en el pueblo de mi padre. Fue al morir mi abuela, cuando mis padres se hicieron cargo de la casa familiar. Durante nuestras cortas estancias allí, básicamente nos ocupábamos de ventilar la casa, dar paseos por los alrededores, jugar a las cartas y ver la tele por las noches. Entonces ya me gustaba leer, así que, a falta de consolas, que para mi eran algo desconocido entonces, devoraba libros y me llevaba alguna muñeca a la que vestir y desvestir, y hacer desfilar ante mis ojos hasta caer rendida. Alguna vez salía a explorar el pueblo, pero no tenía con quien compartir mis descubrimientos. Además, en la aldea de mi padre no había más de ocho o nueve casas y la investigación era más bien corta. Pensaba en mis amigos, que estarían haciendo travesuras por el barrio, mientras yo me pasaba dos días en el más profundo aburrimiento. Ante este panorama, con diez años detestaba los fines de semana (entonces todavía no se llamaban findes, eso llegaría mucho mas tarde).
La vieja casa de aldea era una construcción más bien pequeña, que conservaba toda su estructura original. En la planta baja estaban lo que habían sido los establos y la gran cocina, con su chimenea de piedra y su horno de pan. Y encima un par de cuartos, uno más bien pequeño y otro de grandes dimensiones que ocupaba casi la totalidad de la planta. Además de éstos, algo parecido a un cuarto de baño. A veces, por las noches, en la soledad de mi cama y con la casa en silencio, creía escuchar pisadas y los mugidos de las vacas que antaño habitaban la planta baja, justo debajo de donde yo dormía. Pensaba entonces que quizá sus espíritus todavía recorrían aquella vieja edificación y quién sabe si también el espíritu de mi abuela. Y con estos pensamientos me dormía, y en sueños creaba fantasías donde veía a mi abuela salir de uno de mis libros, montada en una vaca, volando por el techo de mi habitación, riendo, gritando, y repitiendo “¡somos espíritus!” Otras veces, las historias que me montaba en mis sueños eran todavía más rocambolescas. Es cierto, la muerte de mi abuela me hacía inventar historias que ni siquiera yo entendía, donde aparecían generales que dirigían ejércitos de animales que querían exterminar a los hombres de la tierra, a mi familia y a mis amigos; en el bando contrario, luchaban contra ellos, capitaneados por mi abuela. Sí, bien es cierto que no se puede elegir el momento de morir, pero mi abuela no podía haber sido más inoportuna. Mientras el Coronel Tejero entraba en el Congreso de los Diputados, aquel 23 de febrero, mi abuela soltaba su último aliento. Ya os podéis imaginar el panorama. No sé si fue casualidad, si quería llamar la atención, o como decían los mayores, simplemente le entró pánico pensando en la posibilidad de un nuevo conflicto armado. Aunque habían pasado ya bastantes años, la guerra civil por aquel entonces todavía estaba en la mente de mucha gente, que la había vivido en primera persona.
La abuela se libró de vivir muchas cosas que no le hubiesen gustado. Aquel año, como por ejemplo, la aparición del Divorcio en España o las primeras menciones del Sida. De ambas cosas yo no me enteré hasta muchos años después. Pero también se perdió acontecimientos muuuyyy importantes, como ¡el estreno de Verano Azul! Pero la vida y muerte de mi abuela forma parte de otra historia. El caso es que estas pesadillas y otras muchas cosas hacían que la aldea no me gustase en absoluto. Procurábamos ir a la aldea cuando el hombre del tiempo ponía esos grandes soles sobre nuestro mapa. En caso contrario, aquel lugar era aburrídisimo. Una tarde de primavera, en que las predicciones meteorológicas fallaron, mis padres veían “primera sesión” en la tele. Ponían una del oeste. A principios de los años ochenta era habitual ver western y películas americanas en la tele. Una década después empezó la moda de cine de barrio, para el goce de los patriotas.
Mis padres estaban concentrados en John Waine y sus pistolas, pero a mí no me apetecía ver la tele ese día. Así que me puse el chubasquero y salí a explorar.
El alma viva más cercana estaba a unos quinientos metros. Una anciana con bastón y cara de pocos amigos, que siempre me hacía la misma pregunta al verme: “Nena, ¿e ti de quen eres?... Continúa...
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