EL SEMINARISTA
Jorge E. Rueda

Era ya de noche, las manijas del reloj se acercaban sigilosamente a las ocho, abrí la puerta principal y saludé. El párroco entró a gran velocidad en la sala preguntando por mi madre. Yo le respondí que tendría que esperar un poco, ya que estaba bañando a mi hermano menor. Mientras esperaba, yo le observaba detenidamente y fijé mis ojos en su sotana negra. Era la misma de siempre; larga, y que apenas le dejaba ver la punta de sus zapatos negros brillantes, como si fueran de charol. No puedo negar que me asusté muchísimo; pensé que venía a quejarse de alguno de mis malos comportamientos. Trataba de recordar qué pude haber hecho en la sacristía; sí con el vino, las hostias o lo que es peor, con el depósito de las limosnas. He de reconocer que algunos domingos se me enredaban debajo de la manga de la camisa algunos billeticos de baja denominación. Definitivamente no lo creía posible. Recordé, mi gripa no me dejó ayudar en el altar mayor la misa del último domingo.
—Padre, muy buenas noches, y perdone por haberlo hecho esperar. Cuénteme; ¿en qué le puedo ayudar? —dijo mi madre cuando entro en la sala.
—Tengo que ir a recoger a mi madre, que se encuentra en Madrid. Olvidó su cita con el cardiólogo en el hospital, mañana lunes, a primera hora. Quiero pedirle el favor de que su hijo se quede en la casa parroquial en mi ausencia. Estaré, si Dios quiere, de regreso en la madrugada. Antonio tendrá tiempo suficiente para desayunar e ir al seminario sin ningún retraso.
Estaba seguro de que mi madre daría su aprobación. En realidad no me hacía mucha gracia tener que vérmelas con los dos perros guardianes de la parroquia, no son mis mejores amigos.
—Con mucho gusto —fue la respuesta de mi madre.
De inmediato me ordenó que recogiera todo lo necesario para pasar la noche fuera de casa. Yo estaba a punto de cumplir dieciocho años y había terminado el bachillerato. Me estaba preparando para un cambio importante a mi vida. Quedaba poco tiempo para que ingresara en el seminario de los hermanos franciscanos, donde me entregaría a DIOS por el resto de mis días.
Mi madre me despidió con una bendición. Salimos y me subí en la camioneta Ford de color verde. Diez minutos después llegamos a la casa parroquial. Con cuidado, abrí la puerta del vehículo, esperaba que los perros aparecieran en cualquier momento. Me quedé callado y caminé un par de pasos, no escuchaba ladridos y seguí al padre hasta la puerta de entrada del patio. No los vi, pero no pregunté nada… Apareció una mujer de aspecto joven que abrió la puerta que da a las habitaciones. El padre me dijo:
—Ella es Rosana, la novicia que ayuda en la oficina y la casa.
Nos dirigimos al segundo piso donde me indicaron la habitación que iba a ocupar esa noche. Era un habitáculo amplio, muy elegante, con cama grande; la de los huéspedes, me comentó el padre, con baño privado, televisor, escritorio, un computador, dos sillas muy elegantes con ribetes de cordones dorados, dos reclinatorios y un cuadro de particular tamaño con la fotografía de Jesucristo. El párroco se despidió y cinco minutos después escuché cómo su vehículo partía rumbo a Madrid, a recoger a su señora madre.
Había pasado poco más de media hora desde que el sacerdote se despidiera de nosotros, y yo ya estaba en mi cama, a punto de entrar en un largo y profundo sueño. Fue entonces cuando escuché que alguien llamaba a mi puerta…
—¿Quién es?
—Soy yo, Rosana.
Me levanté todo lo rápido que pude, pensé que había sucedido algo en la casa. Al abrir la puerta me sorprendí verla allí, parada, en pijama. Sus cabellos, del color de la luna, estaban sueltos y cubrían parte de su rosto. Se veía bonita, sofisticada. Su piel parecía de porcelana. No alcancé a preguntar nada, ella dio un paso adelante y me dijo que le daba miedo dormir sola, que si podía acompañarla. Me quedé paralizado cuando tomó mi mano y me empujó hacia su cuerpo. Me estrujó entre sus brazos, sentí su tibio aliento cuando sus labios, tímidamente, se acercaron a los míos. Cerramos la puerta, apagamos la luz, y a la mañana siguiente cuando abrí los ojos ya se había marchado. Me sentí feliz, mi corazón la llamaba. Mi conciencia me martirizaba, y ese mismo día colgué los votos de seminarista que aún no había tomado. Soñaba y soñaba con aquella muchacha de cabellos de oro, suaves labios y rostro de porcelana: Rosana.