El Camino de la Vida
Carmela González

Aunque los recuerdos más hermosos afloren en cada instante y momento, el adiós es inevitable. La realidad a veces golpea sin piedad ni miramientos, y son difíciles de asumir y asimilar. El entorno físico y emocional te encarcela y pisotea sin utilizar paños calientes. Las escenas llenas de frescura y los momentos vivos se tornan gélidos y muertos. Pero aun así el camino no deja de existir y reclama ser pisado. El sendero empuja a seguir descubriendo otros lares, quizás con más color. Pero a priori semeja ser un abismo difícil de vencer. Volver atrás la vista, un error. Volver a revivir momentos, un fracaso en el crecimiento personal. Porque si en el momento vivido no has crecido, la oportunidad simplemente ha pasado de largo sin frutos. Cada día consiste en morirnos un poco, pero a su vez nacer otro poco. Pero sobre todo, consiste en darle sentido entre estos dos términos que parecen apocalípticos. Pera nada más lejos de la realidad. Miles de veces he analizado este tipo de acontecimientos, y siempre llego a la misma conclusión. Solo soy capaz de llenar mi mochila con la propia vida, con los aconteceres que ella me regala. Con los momentos buenos o malos. Con lecciones aprendidas incluso cuando parecen un castigo. Aprender a percibir el olor de la hierba recién cortada, de una sonrisa, de un llanto es la misión principal de la existencia. El saber distinguir que un sollozo puede ser un reflejo de felicidad o tristeza es precisamente lo más complicado de entender. Pero aun así, teniendo en cuenta todo esto, el adiós siempre resulta doloroso. Intentamos llenar el vacío, y cuesta; cuesta un mundo. El mismo instante que hemos compartido y vivido en su momento con el que parte, ahora resulta extraño.
Cuando comenzamos nuestra andadura por la vida, el subirse al tren de la existencia, casi siempre significa optimismo y placer. Los pasajeros se van subiendo en cada parada. Unos se sientan a tu lado, te miran y no dicen nada. Otros conversan. Y otros te aportan ideas, historias o momentos interesantes. Hay quien comparte tu forma de contemplar el paisaje y otros te lo critican. A veces se quedan contigo durante un corto periodo. Otras veces el tiempo compartido es más largo. Y veces te acompañan toda la vida. Pero al final, lo que nos queda de todos ellos son experiencias, emociones y momentos. Por eso es importante que la maleta que subimos al tren de la vida se vaya llenando con todas esas vivencias. Que cuando lleguemos a nuestro destino la tengamos repleta, a rebosar. Agradezco a todos los que me acompañan y que deciden hacer trocitos de su camino conmigo. Que me ayudan a llenar mi maleta, y que aporten montones de esencias al aire que respiro. Todo esto, alivia la tristeza de un adiós.